De Mariana a La Eugenia de Filio, de Eugenia a Amaranta Buendía
Leyendo uno de los clásicos de la literatura hispana y el para muchos, el mejor libro de Gabriel García Márquez, me he reconocido con miedo en uno de sus personajes.
En una noche en la que regresaba a casa, después de leer en el camino unas cuantas hojas de este libro en las que me percataba de mi descontento por las acciones de la tal Amaranta, pensé. ¡Pero si es una desgraciada que no puede ser feliz con nada! ¡No se conforma con desdeñar a su posible gran amor, sino con seguir haciéndolo con los demás que intentan acercarse a ella! ¡Y todavía se encierra en su habitación a llorar sus acciones prepotentes!
Leyendo uno de los clásicos de la literatura hispana y el para muchos, el mejor libro de Gabriel García Márquez, me he reconocido con miedo en uno de sus personajes.
En una noche en la que regresaba a casa, después de leer en el camino unas cuantas hojas de este libro en las que me percataba de mi descontento por las acciones de la tal Amaranta, pensé. ¡Pero si es una desgraciada que no puede ser feliz con nada! ¡No se conforma con desdeñar a su posible gran amor, sino con seguir haciéndolo con los demás que intentan acercarse a ella! ¡Y todavía se encierra en su habitación a llorar sus acciones prepotentes!
Intentando no odiarla, las ideas revoloteaban en mi mente. Seguro que la soledad que tenía dentro este personaje, debía de ser muy grande, muy pesada y muy cohartante. Y ese cuervo negro que hacía las veces de su conciencia debía estarle sacando las entrañas y sus pensamientos más oscuros dejándola cada vez más débil pero con un carácter más áspero.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué de malo tenían ellos para que los alejara de modo tan irrespetuoso y desconsiderado?
¿Qué le pasaba? ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué de malo tenían ellos para que los alejara de modo tan irrespetuoso y desconsiderado?
Pensé y pensé mientras caminaba observando a los autos que se metían a una calle oscura, disminuían de velocidad y se orillaban a la banqueta. Los hombres que conducían los autos se limitaban a mirar a través de sus ventanas a aquellas mujeres sin nombre ni presente. Si les apetecía, se detenían y esperaban a que ellas se acercaran. De lo contrario, seguían un camino que posiblemente los llevaría a casa donde alguien los esperaba.
Qué soledad tan fuerte han de tener estas mujeres. ¿Qué soñarán? ¿Qué canción les gustaría que alguien les cantara al amanecer entre las sábanas de un amor presente?
Y aparece de nuevo. Ahí está. Como siempre, en distintas dosis y con diferente apariencia. LA SOLEDAD.
¡Pues claro! ¡Por eso el libro se llama Cien Años de Soledad!
En ese momento, para mí no se refiere a los 100 años del pueblo de Macondo, sino a los CIEN AÑOS DE SOLEDAD que cada uno de los personajes cargan dentro de sí. Recordé que Marçal Aquino en su libro "Eu receveria as piores notícias dos seus lindos lábios" describe a una mujer cuyos ojos expresaban la sabiduría ancestral de muchas mujeres antes de ella. Si existiera el daguerrotipo de Amaranta Buendía, seguro poseía una mirada llena de una soledad acumulada durante cien años.
Ahora entiendo por qué la detesto tanto. Por que no ha sido capaz (al menos hasta donde he leído) de dejarse amar y reconocer que ama. Por que como dice Oscar Chávez en la canción dedicada al libro llamada Macondo, "las pasiones de Amaranta" siempre terminan en soledad.
He pensado tanto en mí...




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